Finalmente, se deshizo de todo lo complejo y el pudor, la miró a los ojos y se lo dijo:
"Me gustás, el hombre en mi cree que soy un nabo y no me deja hablarte, pero el hombre en mi es tan cagón que no te puede dirigir la palabra, y al final, el único que habla con vos, es el boludo en mi."
Bueno... tal vez le quedó algo de complejo.
viernes, 12 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
Relaciones indefinidas
Bajó las escaleras corriendo, ansioso, nervioso y sumamente contento. Él estudiaba exactas y ella, naturales y lejos de ser coincidencia y todavía más lejos de ser el destino, se conocieron el primer día que pisaron Ciudad.

Él no sabía donde ir y ella no tenía la respuesta, pero eso no impidió que él le pregun-
tara. En ese momento no sirvió de nada, él no se fijó en su memoria ni ella en la de él. Pero 3 horas más tarde los unió el 42 e inevitablemente se dio la conversación después de una sonrisa cómplice por verse envueltos en una coincidencia y desde ese día se fue formando una relación complicada, parecida a una amistad pero ciertamente no lo era.
Demian estudiaba Licenciatura en Ciencias Físicas y Sol, Licenciatura en Oceanografía. Hacía ya tres meses que se veían a la salida de la cursada, él salía del pabellón I de Ciudad Universitaria, y ella, del pabellón II.
Se reunían en la parada del 42, controlaban las monedas y se ponían a charlar de todo un poco. Pero ese día no, ese día del que les hablo Demian había recibido un sms a mitad de la clase:
"Che, no me esperes en la parada hoy, mi clase ya terminó así que me voy para casa"
Él atinó a contestar rápidamente: "No, bancá que salgo y tomamos unos mates que está lindo el día"
"Bueno, dale" fue la respuesta que obtuvo y el disparador de una emoción incontrolable.
Corrió por el pabellón, subiendo y bajando escaleras, pasando por un mundo de gente. El corazón le saltaba del pecho, se sentía bien fuerte como latía. Bajó las últimas escaleras y se vio de frente a las canchas de futbol.
"¿Donde se supone que nos encontramos?" se preguntó, paralizado por unos segundos, como si su duda, fuese de vida o muerte. Y casi sin responderse, caminó para la parada del 42. Ahí estaba Sol esperándolo, llevaba puesta una pollera roja, larga pero finita, una musculosa gris y el pelo recogido con un pañuelo predominantemente rosa, pero con dibujitos de flores repartidos por ahí. En fin, una pinta que no pasaría la revisión maliciosa de ninguna mujer, y seguramente desanimaría a bastantes hombres, pero para él estaba hermosa.
Se saludaron como siempre, un beso en el cachete y un "¿qué tal?".
"¿A donde vamos?" preguntó al toque ella.
"¿Al pantano?"
"Bueno, dale."
Finalmente se sentaron en el pantano a tomar unos mates, no sin antes comprar unos bizcochitos en el quiosco más cercano. Y así rompieron su ritual del 42 por primera vez.
Prepararon la infusión nacional, abrieron los "Don Satur" y se dispusieron a merendar. Callado, él sonreía sin dejar de verla, feliz, sumergido en su emoción, no se daba cuenta de lo obvio que estaba siendo.
"¿Qué te pasa?"
"Nada, me di cuenta de algo" contesta Demian.
"¿De qué?"
"Podría estar toda la tarde histeriqueándote y no te darías cuenta ni de la mitad de lo que siento" soltó en el medio de un ataque de risa, dejando escapar con cada carcajada su nerviosismo, digno de lo que acababa de decir.
Cerró los ojos para seguir riendo y sintió un calor suave en los labios, de repente el aire no salía más y su risa se había apagado, abrió los ojos de par en par, sorprendido por la asfixia repentina y solo vio a Sol con sus ojos cerrados y su boca en la suya.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Vistazos
Cuando se da cuenta, está caminando por un pasillo blanco, desorientado, alza la vista y no ve techo alguno pero tampoco hay cielo, solo la nada.
Sigue caminando, las piernas las siente raras, le cuesta levantarlas y, arrastrándolas, avanza lentamente, apoya las manos en las paredes del pasillo como para tener un punto más de apoyo, siente la superficia lisa, tibia, cálida, agradable.
Poco a poco empieza a tomar control de su cuerpo y camina más seguro, ve al final del pasillo un resplandor que se va acercando y siente un calor similar al de una tarde de primavera, esas que solía pasar en el parque cuando era muy chico. Lo invade el recuerdo de su cuerpo tirado en el pasto y la idea, en aquel entonces increíblemente cierta: "Tengo todo el tiempo del mundo".
Da unos pasos más y una sombra interrumpe el paso de la luz, poco a poco se va formando la figura de una mujer, él la reconoce ¿Cómo no hacerlo? Está enamorado de ella, sonríe feliz aunque levemente.
"¿Qué hacés acá?" Le pregunta intrigado.
"Nada" contesta ella seca pero sonriente.
Él, desconfiado, se lleva la mano al mentón, pensativo y camina alrededor de la mujer. Ella, divertida, lo deja examinarla. Está vestida totalmente de blanco, morena, alta, casi tanto como él, labios llamativos, pechos pequeños, una sonrisa apacible y el pelo negro como azabache.
Él baja la mirada unos cortos segundos y vuelve su mirada hacia ella. Ahora la mujer es rubia, algo más baja, ojos celestes, pechos grandes, labios pequeños, tiene la piel suave y blanca. La reconoce inmediatamente, porque está enamorado de ella.
"¿Por qué te reís?" le dice sonriéndole, a lo que ella contesta "Me río de vos" y pronuncia más su sonrisa.
La mira fijo un rato y después de un tiempo de no decir nada, da un paso más pero sin acercarse a ella, rodeándola, sin querer parpadea, cuando la imagen de la mujer vuelve a invadir su retina ya no es la misma.
Ahora una joven de pelo castaño oscuro y tez blanca está parada frente a él, sus pechos son más pequeños, su cintura es delgada y un lunar junto al labio la hace fácilmente reconocible. Además, ¿Cómo no hacerlo? si él está enamorado de ella.
Boquiabierto, no comprende lo que pasa, sus intentos por razonar se ven bloqueados por un pensamiento que recorre su mente llegando a todo su cuerpo, haciendo hervir la sangre. Finalmente lo vomita.
"Estás hermosa"
"¡Ay nada que ver!" rechaza ella mientras con la mano derecha se acaricia el pelo y se lo lleva hacia adelante del hombro. Se acerca a la cara un mechón y con la mano izquierda se pone a hacer un rulo.
Él estalla en carcajadas.
"¿De qué te reís?" le pregunta ella. Siendo la primera vez que rompe el silencio sin que le sea dirigida la palabra.
"De que ya entendí" le responde él con una sonrisa de costado.
Ella lo mira de soslayo e imita su sonrisa, cómplice.
"¿Ah si?"
"Si" contesta sin dejar de sonreír y se da media vuelta, dándole la espalda.
"¿A dónde vas!" se queja la joven con voz algo chillona.
"Me voy a despertar" le responde él suavemente, con una voz cálida "Nos vemos dentro de poco, no te preocupes, yo te voy a reconocer."
lunes, 9 de agosto de 2010
¿Revelación?

El viento le daba en la cara, una brisa fresca con olor a pasto, al inspirar sintió también el aroma del perfume de ella, que estaba recostada sobre él.
Sentada sobre el pasto atrapada entre sus piernas estaba la mujer que había soñado hacía mucho, dejando caer su peso totalmente sobre el pecho de él. Él, descansaba el peso de ambos en un árbol mientras la abrazaba.
Acercó su cara a la de ella y sintió el aroma de su pelo, le dio un beso en el cachete y la joven reclinó su cabeza hacia atrás sonriente, con un movimiento de labios le exigió un beso y él cumplió su demanda.
Al besarla sintió su calidez, su ternura, su amor, pero lo que le siguió después lo dejaría atónito. Descubrió que él ya no sentía lo mismo, ya no necesitaba ese beso como antes ni sentía el mismo ardor que al principio. Ese pensamiento invadió su mente como un virus agresivo, infectando hasta lo más profundo de su ser, un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Había retorno de ese estado? ¿Qué había cambiado? ¿Tenía que contárselo o tenía que solucionarlo solo?
La desesperación lo inundó desde el interior y la respiración se le dificultó, la angustia oprimió su pecho tanto que se sintió asfixiado entre la chica y el árbol.
"Te amo" le dijo ella con una sonrisa de absoluta felicidad y placer. Él abrió la boca un poco antes de poder exclamar algo.
"Yo también" contestó y besó su pelo. Pero no hizo más que confirmar que su nuevo sentir seguía ahí.
Cerró los ojos muy fuerte y sintió terror de lo que vendría, miles de ideas cruzaron su cabeza mientras seguía apretando los ojos con toda su fuerza, finalmente se sintió cansado y no tuvo más opción que abrirlos.
Poco a poco la luz fue entrando en su retina y fijó una nueva imagen frente a él. El frío lo sorprendió de repente, una luz se filtraba tenue por una persiana de madera, volteó rápido y confirmó que estaba en su cama, sintió la suavidad de sus sábanas frías, vio las fotos de su novia y sintió el mismo ardor que siempre, el alma le volvió al cuerpo y un suspiro de alivio llegó de inmediato. Todo había pasado, nada había cambiado y eso lo ponía feliz, sonrió y volvió a cerrar los ojos para seguir durmiendo pero un segundo antes de volver a conciliar el sueño una pregunta cruzó por su mente, aunque no llegó a contestársela.
¿Qué tan real es lo que sentimos en sueños?
miércoles, 14 de julio de 2010
Desencuentros
Ella iba mirando el suelo donde contrastaban sus zapatillas verdes con las baldosas. "Nadie me quiere" pensaba. "Estás sola" le contestaba su mente una y otra vez. "Mirá los rollos que tenés" atacaba ferozmente ella misma a su autoestima.
Él tocaba el saxofón en la calle Florida con una funda abierta frente a él para ganarse unos pesos extra mientras practicaba su pasión, cuando vio pasar una mujer despampanante que lo deslumbró de tal manera que, de repente, no existía nadie más en esa calle céntrica de Buenos Aires. La miró de arriba a abajo y le encantó, concentró toda su energía en imaginarse un repentino y espontáneo futuro con ella, imaginó su personalidad, su voz y sintió algo cercano al amor, tal fue su concentración en ella que su melodía desentonó. "Soy un pelotudo" se condenó de repente, abrió los ojos de par en par sorprendido por su torpeza y vio anonadado como ella levantaba la mirada. Rápidamente, desvió sus ojos de manera tal de no verla y volcó toda su atención en la música.
Ella repentinamente vio interrumpidos sus pensamientos por un sonido que no esperaba, el saxofonista al que acababa de pasar había cometido un error, con una sonrisa iluminada en el rostro, puesta ahí con el único objetivo de dar ánimos al músico, se volteó a verlo para descubrir que él estaba totalmente ajeno a ella, nuevamente, para alguien más, ella no existía. Su sonrisa se transformó en tristeza, invadió su mente la idea de que ella no había influenciado para nada en tan bello proceso creativo, la ahogó la depresión, bajó la mirada y siguió caminando sin nunca percatarse de la vergüenza que sentía el músico ni de lo colorado que estaba por el peligro de haber sido descubierto espiando a quien él creía y sentía tan bella.
Qué cruel puede ser el destino con el autoestima de las personas, por cuántos desencuentros pasarán todos hasta que la vida les brinde una coincidencia única que les dé la oportunidad de transformar un fugaz sentimiento de espontaneidad en felicidad eterna...
jueves, 1 de julio de 2010
Jugando a ser grande
Está sentado en su cuarto estudiando, su espalda encorvada se inclina sobre una mesa de madera marrón oscuro, pero no mucho. Una luz muy blanca, casi al punto que molesta, rompe la oscuridad a su paso dejando que lo que rebota en sus ojos le deje ver la hoja. Su mano derecha se mueve rápidamente de arriba a abajo, de izquierda a derecha, una lapicera, de esas de cartucho largo, se agita con ella.
Un calor recorre su muñeca y poco a poco se convierte en calambre. Para la mano de repente, mira de reojo por un segundo la lámpara azul pero su luz le pega en los ojos lastimando la mirada. Le recuerda que debe seguir dejando la individualidad a un lado, que no debe plantearse nada que rompa su concentración.
Debe ser un adulto, eso es lo que se dice a si mismo. Pero entonces ¿como no serlo si lo es? Debe pensar en serlo para ser. Todavía no es un adulto entonces... Se da cuenta de esto y apoya la punta de la lapicera en el papel pero se da cuenta que puede responder de otra forma. Ladea la cabeza y se queda pensando. Se levanta súbitamente dejando caer la lapicera en el papel, el cual se mancha de azul impidiendo que sea lea lo último que escribió.
Él mira a su alrededor, toda la habitación está a oscuras, de pronto nota que no la conoce de memoria, ve a varias zonas en negro y no recuerda que había ahí, corre a prender la luz del techo, inmediatamente todo se hace claro, todo se deja ver y esos sectores oscuros que tanto lo hacían dudar, ahora forman parte de su más vívido recuerdo. Ve, entonces, que nunca había visto antes, por lo menos no en mucho tiempo.
Uno de esos lugares ocultos guardaba un canasto celeste oscuro, su primer instinto es abrirlo... revela entonces montones de juguetes que usaba de pequeño, recuerda que hace años ese canasto se había convertido en una mesa para cosas que casi nunca usa pero que le gusta tener a mano.
Uno a uno saca sus juguetes y los reconoce suyos, no son de nadie más, ese niño que jugaba con ellos sigue estando ahí para reconocerlos, para saludarlos y esperar una respuesta, para darles vida, historias... aventuras.
Se da cuenta que antes todo tenía sentido pero ahora nada parece tenerlo, nota que la inocencia vuelve con una conciencia renovada de lo que es importante, de lo que es bueno y de lo que no. Tan simples le parecían las reglas que los adultos le ponían antes y que durante su vida aprendió que ellos mismos no respetan. Pero él era un adulto... ¿o es un adulto? Ya no podía decirlo. Pero entonces descubre que no es, porque llegó a la conclusión de que si lo fuese; lo sabría.
De pronto, sin avisar, como de la nada, un estruendo aprieta su pecho y desde adentro agita su corazón, inhala profundo, involuntariamente y abre los ojos de par en par, sorprendido, asustado, ¿angustiado?
Una alarma le avisaba que era hora de ir al trabajo, sin pensarlo, sin detenerse, agarra los pantalones y se los pone, busca una camisa a los pies de la cama y se la abrocha lo más rápido que puede, sus zapatillas lo esperaban junto a la cama, se calza y va hacia la puerta.
Se acabó el juego, sin embargo, él sabe ahora, sin lugar a dudas, que el juego sigue, que nada había cambiado en aquel niño que creía en las historias de héroes y villanos que leía, que sin importar nada, él... está jugando a ser grande.
Un calor recorre su muñeca y poco a poco se convierte en calambre. Para la mano de repente, mira de reojo por un segundo la lámpara azul pero su luz le pega en los ojos lastimando la mirada. Le recuerda que debe seguir dejando la individualidad a un lado, que no debe plantearse nada que rompa su concentración.
Debe ser un adulto, eso es lo que se dice a si mismo. Pero entonces ¿como no serlo si lo es? Debe pensar en serlo para ser. Todavía no es un adulto entonces... Se da cuenta de esto y apoya la punta de la lapicera en el papel pero se da cuenta que puede responder de otra forma. Ladea la cabeza y se queda pensando. Se levanta súbitamente dejando caer la lapicera en el papel, el cual se mancha de azul impidiendo que sea lea lo último que escribió.
Él mira a su alrededor, toda la habitación está a oscuras, de pronto nota que no la conoce de memoria, ve a varias zonas en negro y no recuerda que había ahí, corre a prender la luz del techo, inmediatamente todo se hace claro, todo se deja ver y esos sectores oscuros que tanto lo hacían dudar, ahora forman parte de su más vívido recuerdo. Ve, entonces, que nunca había visto antes, por lo menos no en mucho tiempo.
Uno de esos lugares ocultos guardaba un canasto celeste oscuro, su primer instinto es abrirlo... revela entonces montones de juguetes que usaba de pequeño, recuerda que hace años ese canasto se había convertido en una mesa para cosas que casi nunca usa pero que le gusta tener a mano.
Uno a uno saca sus juguetes y los reconoce suyos, no son de nadie más, ese niño que jugaba con ellos sigue estando ahí para reconocerlos, para saludarlos y esperar una respuesta, para darles vida, historias... aventuras.
Se da cuenta que antes todo tenía sentido pero ahora nada parece tenerlo, nota que la inocencia vuelve con una conciencia renovada de lo que es importante, de lo que es bueno y de lo que no. Tan simples le parecían las reglas que los adultos le ponían antes y que durante su vida aprendió que ellos mismos no respetan. Pero él era un adulto... ¿o es un adulto? Ya no podía decirlo. Pero entonces descubre que no es, porque llegó a la conclusión de que si lo fuese; lo sabría.
De pronto, sin avisar, como de la nada, un estruendo aprieta su pecho y desde adentro agita su corazón, inhala profundo, involuntariamente y abre los ojos de par en par, sorprendido, asustado, ¿angustiado?
Una alarma le avisaba que era hora de ir al trabajo, sin pensarlo, sin detenerse, agarra los pantalones y se los pone, busca una camisa a los pies de la cama y se la abrocha lo más rápido que puede, sus zapatillas lo esperaban junto a la cama, se calza y va hacia la puerta.
Se acabó el juego, sin embargo, él sabe ahora, sin lugar a dudas, que el juego sigue, que nada había cambiado en aquel niño que creía en las historias de héroes y villanos que leía, que sin importar nada, él... está jugando a ser grande.
domingo, 27 de junio de 2010
Crónicas de Cualquiera
Crónicas de Cualquiera relata de manera irregular la historia de varios y distintos personajes que, aún en contra de su voluntad, comparten algo en común, algo que todos tenemos en común.
Son personas cualquiera, ese ser anónimo que participa inevitablemente en la conciencia social que conforma la realidad donde vivimos. Y aún así estos seres pueden no habitar ningún lugar que ninguno de nosotros hayamos pisado, ni ninguno que vayamos a conocer jamás pero, a pesar de esto, no dejan de tener eso, esa chispa, ese nexo inconfundible que nos hace a todos, consciente o inconscientemente, personas comunes y corrientes. Inclusive si el resto nos considerara especiales, originales, únicos o cualquier otro adjetivo que pueda darnos la falsa ilusión de que no somos uno más del montón.
¿Y por qué esta afirmación tan afilada? ¿No hay nadie que no sea uno más del montón? Si, seguramente que lo hay, de hecho, es posible, es probable, que ninguno de nosotros sea solo uno más, pero es precisamente eso, esa irónica e insistente cualidad de querer ser únicos e irrepetibles lo que nos junta a todos y nos hace ser solo un humano más en esta tierra.
Y es que una frase que no es mía pero no le encuentro falsedad es que "si cada uno es especial entonces, [inevitablemente,] nadie lo es..."
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