miércoles, 14 de julio de 2010

Desencuentros

Ella iba mirando el suelo donde contrastaban sus zapatillas verdes con las baldosas. "Nadie me quiere" pensaba. "Estás sola" le contestaba su mente una y otra vez. "Mirá los rollos que tenés" atacaba ferozmente ella misma a su autoestima.

Él tocaba el saxofón en la calle Florida con una funda abierta frente a él para ganarse unos pesos extra mientras practicaba su pasión, cuando vio pasar una mujer despampanante que lo deslumbró de tal manera que, de repente, no existía nadie más en esa calle céntrica de Buenos Aires. La miró de arriba a abajo y le encantó, concentró toda su energía en imaginarse un repentino y espontáneo futuro con ella, imaginó su personalidad, su voz y sintió algo cercano al amor, tal fue su concentración en ella que su melodía desentonó. "Soy un pelotudo" se condenó de repente, abrió los ojos de par en par sorprendido por su torpeza y vio anonadado como ella levantaba la mirada. Rápidamente, desvió sus ojos de manera tal de no verla y volcó toda su atención en la música.

Ella repentinamente vio interrumpidos sus pensamientos por un sonido que no esperaba, el saxofonista al que acababa de pasar había cometido un error, con una sonrisa iluminada en el rostro, puesta ahí con el único objetivo de dar ánimos al músico, se volteó a verlo para descubrir que él estaba totalmente ajeno a ella, nuevamente, para alguien más, ella no existía. Su sonrisa se transformó en tristeza, invadió su mente la idea de que ella no había influenciado para nada en tan bello proceso creativo, la ahogó la depresión, bajó la mirada y siguió caminando sin nunca percatarse de la vergüenza que sentía el músico ni de lo colorado que estaba por el peligro de haber sido descubierto espiando a quien él creía y sentía tan bella.

Qué cruel puede ser el destino con el autoestima de las personas, por cuántos desencuentros pasarán todos hasta que la vida les brinde una coincidencia única que les dé la oportunidad de transformar un fugaz sentimiento de espontaneidad en felicidad eterna...


jueves, 1 de julio de 2010

Jugando a ser grande

Está sentado en su cuarto estudiando, su espalda encorvada se inclina sobre una mesa de madera marrón oscuro, pero no mucho. Una luz muy blanca, casi al punto que molesta, rompe la oscuridad a su paso dejando que lo que rebota en sus ojos le deje ver la hoja. Su mano derecha se mueve rápidamente de arriba a abajo, de izquierda a derecha, una lapicera, de esas de cartucho largo, se agita con ella.

Un calor recorre su muñeca y poco a poco se convierte en calambre. Para la mano de repente, mira de reojo por un segundo la lámpara azul pero su luz le pega en los ojos lastimando la mirada. Le recuerda que debe seguir dejando la individualidad a un lado, que no debe plantearse nada que rompa su concentración.

Debe ser un adulto, eso es lo que se dice a si mismo. Pero entonces ¿como no serlo si lo es? Debe pensar en serlo para ser. Todavía no es un adulto entonces... Se da cuenta de esto y apoya la punta de la lapicera en el papel pero se da cuenta que puede responder de otra forma. Ladea la cabeza y se queda pensando. Se levanta súbitamente dejando caer la lapicera en el papel, el cual se mancha de azul impidiendo que sea lea lo último que escribió.

Él mira a su alrededor, toda la habitación está a oscuras, de pronto nota que no la conoce de memoria, ve a varias zonas en negro y no recuerda que había ahí, corre a prender la luz del techo, inmediatamente todo se hace claro, todo se deja ver y esos sectores oscuros que tanto lo hacían dudar, ahora forman parte de su más vívido recuerdo. Ve, entonces, que nunca había visto antes, por lo menos no en mucho tiempo.

Uno de esos lugares ocultos guardaba un canasto celeste oscuro, su primer instinto es abrirlo... revela entonces montones de juguetes que usaba de pequeño, recuerda que hace años ese canasto se había convertido en una mesa para cosas que casi nunca usa pero que le gusta tener a mano.

Uno a uno saca sus juguetes y los reconoce suyos, no son de nadie más, ese niño que jugaba con ellos sigue estando ahí para reconocerlos, para saludarlos y esperar una respuesta, para darles vida, historias... aventuras.

Se da cuenta que antes todo tenía sentido pero ahora nada parece tenerlo, nota que la inocencia vuelve con una conciencia renovada de lo que es importante, de lo que es bueno y de lo que no. Tan simples le parecían las reglas que los adultos le ponían antes y que durante su vida aprendió que ellos mismos no respetan. Pero él era un adulto... ¿o es un adulto? Ya no podía decirlo. Pero entonces descubre que no es, porque llegó a la conclusión de que si lo fuese; lo sabría.

De pronto, sin avisar, como de la nada, un estruendo aprieta su pecho y desde adentro agita su corazón, inhala profundo, involuntariamente y abre los ojos de par en par, sorprendido, asustado, ¿angustiado?

Una alarma le avisaba que era hora de ir al trabajo, sin pensarlo, sin detenerse, agarra los pantalones y se los pone, busca una camisa a los pies de la cama y se la abrocha lo más rápido que puede, sus zapatillas lo esperaban junto a la cama, se calza y va hacia la puerta.

Se acabó el juego, sin embargo, él sabe ahora, sin lugar a dudas, que el juego sigue, que nada había cambiado en aquel niño que creía en las historias de héroes y villanos que leía, que sin importar nada, él... está jugando a ser grande.