Está sentado en su cuarto estudiando, su espalda encorvada se inclina sobre una mesa de madera marrón oscuro, pero no mucho. Una luz muy blanca, casi al punto que molesta, rompe la oscuridad a su paso dejando que lo que rebota en sus ojos le deje ver la hoja. Su mano derecha se mueve rápidamente de arriba a abajo, de izquierda a derecha, una lapicera, de esas de cartucho largo, se agita con ella.
Un calor recorre su muñeca y poco a poco se convierte en calambre. Para la mano de repente, mira de reojo por un segundo la lámpara azul pero su luz le pega en los ojos lastimando la mirada. Le recuerda que debe seguir dejando la individualidad a un lado, que no debe plantearse nada que rompa su concentración.
Debe ser un adulto, eso es lo que se dice a si mismo. Pero entonces ¿como no serlo si lo es? Debe pensar en serlo para ser. Todavía no es un adulto entonces... Se da cuenta de esto y apoya la punta de la lapicera en el papel pero se da cuenta que puede responder de otra forma. Ladea la cabeza y se queda pensando. Se levanta súbitamente dejando caer la lapicera en el papel, el cual se mancha de azul impidiendo que sea lea lo último que escribió.
Él mira a su alrededor, toda la habitación está a oscuras, de pronto nota que no la conoce de memoria, ve a varias zonas en negro y no recuerda que había ahí, corre a prender la luz del techo, inmediatamente todo se hace claro, todo se deja ver y esos sectores oscuros que tanto lo hacían dudar, ahora forman parte de su más vívido recuerdo. Ve, entonces, que nunca había visto antes, por lo menos no en mucho tiempo.
Uno de esos lugares ocultos guardaba un canasto celeste oscuro, su primer instinto es abrirlo... revela entonces montones de juguetes que usaba de pequeño, recuerda que hace años ese canasto se había convertido en una mesa para cosas que casi nunca usa pero que le gusta tener a mano.
Uno a uno saca sus juguetes y los reconoce suyos, no son de nadie más, ese niño que jugaba con ellos sigue estando ahí para reconocerlos, para saludarlos y esperar una respuesta, para darles vida, historias... aventuras.
Se da cuenta que antes todo tenía sentido pero ahora nada parece tenerlo, nota que la inocencia vuelve con una conciencia renovada de lo que es importante, de lo que es bueno y de lo que no. Tan simples le parecían las reglas que los adultos le ponían antes y que durante su vida aprendió que ellos mismos no respetan. Pero él era un adulto... ¿o es un adulto? Ya no podía decirlo. Pero entonces descubre que no es, porque llegó a la conclusión de que si lo fuese; lo sabría.
De pronto, sin avisar, como de la nada, un estruendo aprieta su pecho y desde adentro agita su corazón, inhala profundo, involuntariamente y abre los ojos de par en par, sorprendido, asustado, ¿angustiado?
Una alarma le avisaba que era hora de ir al trabajo, sin pensarlo, sin detenerse, agarra los pantalones y se los pone, busca una camisa a los pies de la cama y se la abrocha lo más rápido que puede, sus zapatillas lo esperaban junto a la cama, se calza y va hacia la puerta.
Se acabó el juego, sin embargo, él sabe ahora, sin lugar a dudas, que el juego sigue, que nada había cambiado en aquel niño que creía en las historias de héroes y villanos que leía, que sin importar nada, él... está jugando a ser grande.
Viste Toy Story 3? Sí? No? No importa, ese desliz al pasado te la resumió en carne propia...
ResponderEliminarNo te sucede que pasan los años y te descubrís haciendo cosas inevitables con la edad, con tus planes, pero que a la vez se sienten raro? El ir a laburar, el buscar un hogar propio, ir encarando pasos para convertirte en el adulto al 100% que maquinaste.
Menos mal que todavía en un rincón oscuro quedan los juguetes no?
Jajajaja, si totalmente!
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