viernes, 28 de noviembre de 2014

Los Durmientes I

Empezó hace muchos años ya, al principio se hablaba de ello. Hombres y mujeres se infectaron velozmente, nadie sabía cómo, nadie sabía por qué.

Las personas perdían la voluntad de pensar, la capacidad no, la voluntad. Los infectados se sumergían en una vida monótona, dedicada al trabajo, la subsistencia y algunos placeres pasajeros.

Mi viejo me contó que incluso en ese entonces era difícil ver el cambio de hábitos en los infectados y distinguirlos de los que no lo estaban. Muchos tenían vidas así antes de estar infectados, sus mentes ya habían sido amoldadas.

Se habló mucho y con urgencia durante unos meses, los noticieros especulaban: que si era un virus, que si era un control mental, que si venía de extraterrestres, que quién se beneficiaba, que quién era capaz.

Pero al final todos callaron, uno por uno, todos los hombres, mujeres y niños fueron infectados y perdieron su voluntad, hubo un tiempo en que los no infectados eran muchos, pero al ser minorías, ellos fueron vistos como los enfermos, los locos, los antisociales. El estado, EL MUNDO, pasó a manos de ellos y los sanos fueron cazados como animales, exterminados, asesinados, irónicamente, para ese momento, se creía que eran portadores de algún tipo de virus desconocido. Ya nadie recordaba lo que había pasado ni como era el mundo antes de que todos estén enfermos.

Unos pocos quedaron, pero aprendieron a disimular su estado, mi viejo, entre ellos vio volverse a todos a su alrededor parte del enemigo. Aprendió a fingir conformidad, a ir a trabajar, a no cuestionarse en voz alta. A los 9 años descubrió que yo estaba despierto y después de un discursó que casi me traumó, me contó lo que estaba pasando en el mundo.

¿Hay otros como nosotros? Si, claro que los hay, cada tanto aparece alguien sano en la vía pública, desesperado de tanto disimular, se pone a gritos a buscar gente despierta y es ahí cuando los durmientes muestran su cualidad más peligrosa.

Decenas y decenas de durmientes, al escuchar los gritos, se indignan, no comprenden, no toleran y se vuelven bestias primitavas, peores que cualquiera que haya habitado esta tierra y atacan al agitador con toda su furia. Lo golpean, lo muerden, desgarran sus músculos tirando de cualquier parte que pudieran conseguir sujetar con las manos. Lo he visto un par de veces, un espectáculo sin lugar a dudas intimidante. Cuando terminan, no recuerdan nada, solo ven un hombre tirado en el suelo moribundo, ensangrentado, algunos hasta piden una ambulancia desde su celular, otros tratan por sus propios medios de asistirlo, el resto, generalmente divaga intentando averiguar que le pasó a la pobre víctima, sin nunca pensar que todos ellos son los causantes de semejante derramamiento de sangre.

Muchas veces estuve tentado de responder el llamado, pero mi viejo me preparó para esto, me advirtió que iba a pasar. Sin esperanza vagamos por el mundo sin saber cómo ni por qué logramos salvarnos de la infección que acosa a todos. Rodeados de durmientes buscamos una esperanza que nos hable de rebelión, de cura, de resistencia. Pero aún parece que esos días están lejos para nosotros...

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